LA CUALIDAD SIN NOMBRE
Siendo niño me di cuenta de que, en ciertos espacios construidos, sentía un bienestar difícil de explicar que en otros lugares no sentía. No era una cuestión estética, ni de dimensiones, pero sí era algo que tenía que ver con alguna forma de calidad arquitectónica. Supe muchos años más tarde que sobre aquella “cualidad sin nombre”, como la llamó Cristopher Alexander, ya habían teorizado muchos arquitectos y pensadores.
Tras más de tres décadas de oficio sigue siendo eso lo que más me interesa de la arquitectura: perseguir y recrear esa especie de misterio que hace que en algunos espacios “se esté especialmente bien” y se sienta una conexión y una vitalidad que van mucho más allá del placer estético.
Creo que esa “cualidad sin nombre” nace de la naturalidad de las soluciones, de la adecuación, de alinearse inteligente y creativamente con las circunstancias, de ese punto mágico en el que se cruzan poesía y construcción.
Entiendo la buena arquitectura como una organización artificial de la materia que, sin embargo, se percibe como natural, bella y lógica -como si siempre hubiera querido ser eso. Es el resultado de un despliegue sinfónico en cuyo desarrollo el arquitecto sería una suerte de ARN, un mediador que decodifica toda la información latente en el proceso y que procede del cliente, del habitante, del lugar, del contexto y de la lógica de la materia, posibilitando que se ensamble de acuerdo a su propia verdad.
Para que la arquitectura respire esa naturalidad, el rigor técnico debe ser impecable pero invisible. Por eso no me interesan las grandilocuencias, ni llegar el primero. Sigo creyendo en el “más con menos” y en el “keep it simple”.
Defiendo al arquitecto como inductor, como agente catalizador, más que como autor. Desconfío de la arquitectura impuesta contra viento y marea por quien la firma. El propósito de este oficio es hacer habitable el mundo, no utilizar las necesidades ajenas como campo de pruebas para las obsesiones propias.
Generalmente hago casas. Es la tipología arquitectónica que más me interesa. La más rica. La más compleja desde el punto de vista humano. La casa debe ser nuestro primer universo. Ese territorio que hacemos propio, que nos prolonga. Nuestro refugio físico y psíquico. Un espacio seguro de inmunidad, libertad y autosoberanía. Ese lugar que nos devuelve a nosotros mismos. Ese espacio que nos permite hacer lo que tengamos que hacer.
En un mundo complejo e incierto, de hiperexigencia y de representación social, la casa es el espacio entre bastidores en el que dejar a un lado el personaje, desactivar el imperativo social, vivir sin testigos, filtrar las demandas del exterior. En casa uno debe poder ser uno sin necesidad de defenderse.
Habitar una casa es fundar un mundo. Y proyectarla es establecer las bases espaciales para hacerlo posible. La casa no es una máquina de habitar sino mucho más. La casa es un santuario para la singularidad humana. Por eso huyo de la tiranía de lo meramente visual, de la foto. Me interesa más dar forma a la experiencia de habitabilidad que reclama la forma única de estar en el mundo de cada cliente.
Desde un punto de vista práctico, me parece central el compromiso profesional con una construcción cada día más eficiente, más ligera, más precisa, más limpia, menos costosa, más rápida, más fácil, más universal.
Pero ninguna obra llega a buen puerto sin confianza. Un buen cliente reconoce en su arquitecto el criterio profesional para decir la última palabra. Sin ese respeto el proyecto tenderá a convertirse en un collage sin alma. Sé por experiencia que detrás de una buena obra siempre hay un buen cliente.
El siguiente paso es sencillo: simplemente empecemos a hablar.

